El gobierno mexicano trata el almacenamiento de gas natural como si fuera un lujo técnico y no lo que es: un seguro nacional de vida para la economía.
Mientras el discurso oficial habla de soberanía energética, la realidad es que México vive prácticamente “al día” en gas: apenas alrededor de 2.4 días de almacenamiento, concentrados en tres terminales de GNL (Altamira, Manzanillo y Energía Costa Azul), equivalentes a unos 20 mil millones de pies cúbicos. Diversos análisis, como los de IMCO y especialistas del sector, llevan años advirtiéndolo… y la respuesta ha sido, en el mejor de los casos, inercia disfrazada de planeación.
El contraste es brutal si se mira afuera: países europeos llegaron a tener metas de 25–30% de su consumo anual en inventarios tras la crisis con Rusia; Estados Unidos usa su infraestructura de almacenamiento como colchón frente a picos de clima y precio. México, en cambio, decidió basar su sistema eléctrico e industrial en gas natural importado –más del 70% viene de Estados Unidos, sobre todo de Texas– sin construir el “colchón” mínimo para resistir un tropezón serio.
No es teoría. La tormenta invernal Uri en 2021 ya mostró qué pasa cuando Texas cierra la llave: alertas críticas de CENAGAS, cortes, restricciones y un recordatorio incómodo de que la “soberanía” termina donde empieza la helada en el sur de Estados Unidos. Cada invierno fuerte, cada evento climático extremo, cada tensión en infraestructura texana vuelve a poner a México al borde del mismo precipicio.
Lo más grave es que el gobierno sí tiene diagnóstico… y lo ha ignorado en la práctica. Desde 2018, la Política Pública de Almacenamiento de Gas Natural planteó una meta modesta: llegar a 5 días de inventarios para 2026. No estamos ni cerca. Proyectos como Campo Jaf –pensado como almacenamiento subterráneo estratégico en un campo agotado– avanzan a paso de tortuga frente al tamaño del riesgo.
¿Por qué no se le da importancia real? Porque el almacenamiento no da votos ni fotos: es infraestructura silenciosa, invisible para el ciudadano promedio y políticamente menos vendible que una refinería, un gasoducto nuevo o una inauguración con moño. Además, exige algo que escasea: visión de largo plazo, reglas claras y contratos que den certidumbre a la inversión privada. Es mucho más fácil seguir apostando a que “Texas nunca nos va a fallar” y a que CFE y CENAGAS “se las arreglarán” cada vez que haya un susto.
Pero cada día que México opera con 2.4 días de respaldo en un sistema donde el 60–70% de la electricidad depende del gas es una apuesta temeraria contra su propio futuro industrial. Con nearshoring, demanda eléctrica al alza y cadenas productivas cada vez más sensibles a interrupciones, la pregunta no es si el tema explotará en agenda pública… sino cuándo.
El almacenamiento de gas natural no puede seguir siendo un anexo técnico en los planes del sector. Es, literalmente, la diferencia entre un país que puede absorber un shock sin apagar fábricas… y uno que se juega su competitividad cada invierno.
Gabriel Becerra Dingler
Maestro en Mercadotecnia por el Tec de Monterrey, es CEO y director editor de Industry & Energy Magazine y organizador del EIEM, especializado en energía, industria y tecnología.










