El cierre de Ormuz exhibe la fragilidad energética de México: dependemos del gas importado, casi no almacenamos y cualquier choque externo puede disparar apagones, costos industriales e inflación.
En México solemos reaccionar a las crisis energéticas globales con un «esta muy lejos». Y sí, es cierto que nuestro crudo y nuestro gas no cruzan diariamente las zonas de conflicto. Pero esa verdad parcial es peligrosa, porque nos vende una falsa sensación de blindaje justo cuando el mundo entra en turbulencia.
El cierre del Estrecho de Ormuz encarece de golpe dos cosas: el petróleo y el gas natural licuado (GNL). No hace falta que un solo barco destinado a México pase por ahí para que nos pegue; basta con que Europa y Asia compitan ferozmente por cada molécula disponible, que suban las cotizaciones del GNL y que, por contagio, suban también los precios de referencia del gas en Norteamérica.
Ahí empieza nuestro problema. Ya lo he repetido en este espacio mil veces.
Más del 70% del gas que consume México viene de Estados Unidos por ducto. Ese gas alimenta alrededor de 65% de la generación eléctrica nacional y es columna vertebral de industrias como acero, cemento, vidrio, química, automotriz y alimentos. Cuando el gas se encarece por un shock global, CFE paga más por generar, las empresas pagan más por producir y el gobierno tiene que decidir si absorbe el golpe vía subsidios o deja que se filtre a tarifas y precios finales.
En un país con márgenes fiscales limitados, la respuesta casi nunca sale gratis.
El siguiente eslabón de la vulnerabilidad es todavía más grave: prácticamente no almacenamos gas. México tiene alrededor de 2.4 días de reservas en tres terminales de GNL (Altamira, Manzanillo y Costa Azul), muy por debajo de la meta oficial de 5 días que la propia Política Pública de Almacenamiento planteó para 2026. Sobre el papel hablamos de seguridad energética; en la práctica, vivimos al día.
¿Qué significa eso en un mundo donde el estrecho de Ormuz está bajo fuego? Que cualquier choque —una ola de frío en Texas, una falla en ductos, una guerra a medio mundo— puede transformarse, en cuestión de días, en alertas críticas, recortes a grandes consumidores, apagones selectivos y una ola de sobrecostos que recorre toda la economía mexicana.
No es exageración: ya lo vimos con las tormentas invernales en Estados Unidos. Operamos un sistema eléctrico e industrial que funciona como si el gas fuera un flujo continuo garantizado, pero sin “colchón” físico ni reglas sólidas que hagan rentable invertir en almacenamiento subterráneo.
La lección que deja Ormuz para México no es geopolítica, es de sentido común. Si vas a basar tu modelo eléctrico e industrial en gas importado, necesitas reservas estratégicas. No solo ductos, no solo contratos, no solo discursos. Sin almacenamiento a escala, cada crisis global se convierte en una ruleta rusa energética donde el gatillo lo jalan otros… y la bala siempre la paga la economía mexicana.

Gabo Becerra









