La crisis en el Golfo no subirá mañana la gasolina en México, pero ese “blindaje” se paga con márgenes de Pemex y subsidios fiscales crecientes.
Cuando el Golfo Pérsico se incendia, los mercados hacen lo que saben hacer, se ponen nerviosos. El petróleo sube más de 10%, las aseguradoras suben primas, las navieras cambian rutas para evitar el Estrecho de Ormuz y los analistas hablan de “riesgo sistémico” antes del primer café el lunes por la mañana.
En otros países, el reflejo es casi automático, sube el crudo, sube la gasolina. En México, en cambio, la situación es diferente. Ya que no habrá aumentos inmediatos en los combustibles.
Primero, la gasolina que importa México, viene de los Estados Unidos y sus precios ya fueron pactados con anticipación, por lo que no veremos aumentos en las próximas semanas.
Segundo, desde 2025 el gobierno presume un acuerdo para mantener la gasolina regular por debajo de 24 pesos por litro. Ese tope, combinado con la capacidad de mover el IEPS semana a semana, funciona como amortiguador político: evita que cada misil lanzado en Medio Oriente se convierta en enojo instantáneo en la bomba de la esquina.
Ahora, el problema es que la física económica no desaparece, solo se desplaza. Si el petróleo y los refinados importados suben (después de varios meses), hay tres candidatos claros a absorber el golpe financiero. Los márgenes de Pemex, los márgenes de gasolineros y el fisco vía estímulos o menores ingresos.
Pemex llega a este nuevo episodio geopolítico con finanzas frágiles: más de 100 mil millones de dólares de deuda financiera, tensiones de caja y adeudos multimillonarios con proveedores. No es precisamente la empresa ideal para usarla como colchón permanente ante cada sobresalto internacional del mercado petrolero.
Por el lado fiscal, Hacienda tiene el freno y el acelerador: puede subir o bajar estímulos al IEPS para suavizar el precio final. Pero cada punto de IEPS que se sacrifica para mantener “estable” la gasolina es dinero que no entra a las finanzas públicas, en un país que ya enfrenta presiones en salud, seguridad, infraestructura y estados.
Y, en la orilla, están los empresarios gasolineros que ya operan con costos crecientes (energía, nómina, seguridad) y que difícilmente pueden absorber variaciones fuertes sin trasladarlas eventualmente a precio o a servicio.
La buena noticia coyuntural es que no veremos mañana un gasolinazo por lo que pasa en Ormuz. La mala es que el blindaje si tendrá un costo si el tipo de cambio se ve afectado o el conflicto eleva por meses el precio del crudo. En ese caso veremos más presión sobre Pemex y sobre las finanzas públicas.
El verdadero debate que México evita es incómodo. ¿Queremos combustibles políticamente estables a costa de una petrolera más endeudada y un fisco más apretado? Mientras no discutamos eso de frente, seguiremos celebrando que la gasolina no sube… sin ver la marea que crece por debajo.

Gabriel Becerra









