Piratas en altamar, contadores en tierra

La piratería en plataformas ya no es anécdota: para el trabajador es miedo cotidiano; para el ejecutivo, riesgo calculado que erosiona producción, finanzas y credibilidad.

En la Sonda de Campeche, él ya no se despierta con el ruido de las bombas ni de las válvulas. Lo que lo despierta es el helicóptero. Cada relevo es una ruleta: ¿hoy tocará turno tranquilo o noche de asalto? Lleva quince años en plataformas de Pemex y todavía lo llaman “héroe de la soberanía energética”, pero cuando caen los primeros disparos al aire, lo único que piensa es en cómo llegar vivo a la siguiente guardia.

En 2024 oía historias de “piratas” como chisme de pasillo: 49 incursiones en el año. En 2025 ya fue otra cosa: 135 ataques, casi el triple. Lo aprendió por las malas: Abkatún, Zaap-D, ERA que desaparecen, radios, herramientas. Y después del susto viene la parte silenciosa: trabajos detenidos, revisiones, bitácoras que se llenan de la misma frase: “actividad suspendida por seguridad”. Cada línea es producción perdida que nadie le explica, pero todos sienten en las metas de producción que no se cumplen.

A cientos de kilómetros de ahí, en la Ciudad de México, un ejecutivo de Pemex ve las mismas cifras… pero en PowerPoint. Para él, los 261 millones de pesos robados en seis años son “pérdidas acotadas”. Lo grave, reconoce en reuniones cerradas, es otra cosa: el riesgo operativo que ya empieza a colarse en presentaciones con agencias calificadoras, aseguradoras y bancos.

Le preguntan qué hace la empresa. Responde con el manual: coordinación con Marina, refuerzo de protocolos, inversión en vigilancia, bla, bla, bla. Pero sabe que eso es apenas la piel del problema. Porque cada ataque no solo roba equipos; roba horas de operación, confianza del personal y, sobre todo, credibilidad ante un mercado que ya ve a Pemex como emisor de alto riesgo financiero… y ahora también operativo.

El trabajador de plataforma siente ese deterioro en la espalda. Más guardias, más tensión, más compañeros que piden cambio a tierra o caen en crisis nerviosa. El ejecutivo lo ve en láminas: más OPEX “defensivo”, más seguros caros, más proveedores que inflan costos porque saben que operar en la Sonda es cada vez más parecido a entrar a una zona gris entre crimen y Estado.

La ironía es brutal. Pemex necesita cada peso para perforar, mantener e invertir, pero una parte creciente del presupuesto se va a contener una piratería que el gobierno no quiere reconocer como fenómeno estructural.

Para el trabajador, los ataques son miedo. Para el ejecutivo, son un renglón más en la matriz de riesgos. Para Pemex y para el país, son otra fuga silenciosa que drena producción, finanzas y futuro mientras seguimos llamándolo, eufemísticamente, “incursiones de personas ajenas a las instalaciones”.

Gabriel Becerra